El Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica envió una carta a hombres y mujeres consagrados del mundo titulada "Profecía de Presencia: Vida Consagrada donde la Dignidad se hiere y la Fe se pone a prueba". El documento fue firmado el 28 de enero por la prefecta, la hermana Simona Brambilla; el proprefecto, cardenal Ángel Fernández Artime; y la secretaria, Tiziana Merletti.

La publicación antecede a la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada, que se celebrará el lunes 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, y culminará con la misa presidida por el papa León XIV a las 17 (hora de Roma) en la basílica de San Pedro.

Los responsables del Dicasterio recogen la experiencia de sus visitas pastorales durante el último año, marcadas por el encuentro con comunidades insertas en realidades de conflicto armado, inestabilidad política, pobreza, migración forzada, marginación y violencia. Son escenarios -afirman- que ponen a prueba la dignidad humana, la libertad y, en ocasiones, la misma fe.

Sin embargo, en esas circunstancias emerge con fuerza el carácter profético de la vida consagrada, entendida como una presencia que permanece junto a pueblos y personas heridas, allí donde el Evangelio se vive en fragilidad.

Signo de un Dios que acompaña
La carta describe contextos muy diversos: desde países donde las instituciones son frágiles y las minorías religiosas sufren presiones, hasta sociedades prósperas atravesadas por soledad, polarización e indiferencia. En todos ellos, la presencia "fiel, humilde, creativa y discreta" de los consagrados se convierte en signo de que Dios no abandona a su pueblo, incluso cuando la esperanza parece erosionada.

El documento subraya que permanecer no equivale a inmovilidad ni resignación, sino a una esperanza activa que genera gestos concretos de paz. Se expresa en palabras que desarman, relaciones abiertas al diálogo intercultural e interreligioso, opciones valientes en favor de los más pequeños y perseverancia en procesos de reconciliación.

Esta actitud incluye también la valentía de denunciar estructuras que niegan la dignidad humana y la justicia, convirtiéndose así en una palabra profética para toda la Iglesia y para el mundo.

La carta recorre las distintas expresiones de la vida consagrada: la vida apostólica, cercana a las heridas sociales; la contemplativa, que sostiene la esperanza desde la oración; los institutos seculares, como levadura en los ambientes profesionales; el Ordo virginum, signo de fidelidad que abre al futuro; y la vida eremítica, que recuerda la primacía de Dios.

En su diversidad, todas configuran una misma profecía: permanecer con amor, sin abandono ni silencio, haciendo de la propia vida una palabra para este tiempo.

Artesanos de la paz
Finalmente, el texto presenta la paz como un camino cotidiano de escucha, diálogo, conversión y rechazo de la lógica del más fuerte. Desde esa cercanía a las heridas de la humanidad, sin renunciar a la verdad del Evangelio, la vida consagrada se vuelve artesana de paz.

El Dicasterio agradece la perseverancia de los consagrados e invita, tras el Jubileo celebrado el 10 de octubre pasado, a seguir caminando como peregrinos de esperanza, para "permanecer, consolar y recomenzar", siendo en la Iglesia y en el mundo profecía de presencia y semilla de paz.