La Homilía estuvo a cargo del obispo de la Diócesis de Formosa, Monseñor José Vicente Conejero Gallego. Fue presidida por Monseñor Ramón Dus, arzobispo de Resistencia y concelebrada por los obispos de Goya, Monseñor Adolfo Canecín, de Sto Tome Monseñor Gustavo Montini y Monseñor Ángel José Macin, obispo de Reconquista.
"USTEDES, VIENEN AL SEMINARIO PARA FORMAR EL CORAZÓN. A IMAGEN DE JESÚS EL BUEN PASTOR" (Palabras de Monseñor Conejero.)
Sean misericordiosos como el Padre Dios es misericordioso. En los salmos es muy frecuente reconocer a Dios con esta cualidad que quizás sea la más significativa. Ser compasivo y misericordioso se repite continuamente.
Lo hemos escuchado también en la lectura y en el salmo, el perdón y la misericordia de Dios. ¡Dios mío qué grande eres! En el salmo 89, que rezamos también queridos hermanos en la liturgia de las horas, afirmamos que Dios es bueno. Su misericordia es eterna y su fidelidad por todas las edades y generaciones.
De igual modo en el salmo 117 y así, en tantos salmos se proclama la misericordia de Dios. Más aún, recuerdan ustedes que lo que es en la oración colecta del domingo 26 del tiempo ordinario, que es bellísima, esa oración colecta dice, tu poder Señor, tu grandeza se manifiesta sobre todo en el perdón y la misericordia. Si bien Dios es creador de todo cuanto existe, los cielos, las estrellas, los mares, la tierra y también la persona humana, varón y mujer, su grandeza y su poder se manifiestan sobre todo y ante todo en el perdón y la misericordia, algo que Jesús puso en práctica, queridos hermanos.
Bueno, pienso que es una gracia por este paralelismo y sintonía que podemos establecer y darnos cuenta de que el ciclo lectivo del seminario se inicie en este tiempo de cuaresma. Estamos en cuaresma, hemos celebrado ayer domingo, el segundo domingo, después de las tentaciones del primer domingo en la lectura, ayer la transfiguración del Señor para no escandalizar, porque habló ya de su pasión y de su cruz. Y quiso dar a entender, no sé si lo llegaron a comprender, quizá hasta que no llegara el Espíritu Santo no se darían cuenta nuestros hermanos apóstoles amigos de Jesús, de que para alcanzar la gloria y la resurrección inevitablemente hay que pasar por la cruz y la pasión.
Si somos discípulos misioneros de Jesús y queremos imitarle, después de conocerle y amarle con todas nuestras fuerzas, bueno, el que quiera ser discípulo mío niegue sea a sí mismo, cargue con su cruz y que me siga. Así que mientras peregrinamos en este mundo, la cruz va a estar siempre presente y es la que nos va a llevar a la plenitud y a la perfección. El propio Jesús también como hombre se resistía con esos clamores que dice la carta a los hebreos, y de hecho cuando oraba en el huerto de los olivos también le decía en su oración Señor si es posible que pase de mí este cáliz, se le venía a venir encima lo que iba a padecer en todos los sentidos de desprecio, de dolores físicos, pero inmediatamente añadió que no se haga mi voluntad sino la tuya.
Y ahí está la clave, queridos hermanos, hacer la voluntad del Señor. Digo que se establece un paralelismo entre lo que es el caminar de la palabra, que nos estamos preparando para vivir la pasión, muerte y resurrección del Señor centro de nuestra fe, para alcanzar la plenitud y la perfección con lo que es el seminario. Queridos seminaristas, los que ingresan y los que ya llevan acá en los distintos años, y algunos formadores y personal que trabaja en el seminario, es un lugar para perfeccionarse.
Silencio, formación, estudio, oración, convivencia, bueno y todo eso pues con vistas a ir conformando el corazón del futuro pastor para el pueblo de Dios, de la iglesia, a ejemplo de Jesús, que es el pastor bueno, que da la vida, porque no hay amor más grande que dar la vida por los hermanos bien. Quiero que todos percibimos, por tanto, establecer esa sintonía o confluencia entre lo que es el tiempo cuaresmal y lo que es también la vida del seminario en estos años de preparación. Bien, yo he escrito aquí como un machetito, verdad, como para guiarme, no una humilía así, digamos, sino algo suelto de ese lado, pero espero que nos pueda servir.
Yo durante este tiempo, ya desde el año jubilar de la esperanza que vivimos el año pasado, he repetido en mi predicación el número 29 de Novo Milenio y Neunte, el 29, donde San Juan Pablo II, al clausurar el año, el gran año jubilar del 2000, que fue el 6 de enero del 2001, escribió esta carta que para algunos dicen que es un testamento espiritual, ¿no? Y la verdad que es muy profunda contemplar el rostro de Cristo y da ahí pautas para que la iglesia sea fiel a Jesucristo, su esposo y fundador. Y en este número 29 dice, miren, el programa es el mismo de siempre, obviamente con las notas propias de la época o historia que uno vive, pero consiste en esto, en conocer, amar e imitar a Jesús, para entrar en comunión con Él y por medio de Él, con el Padre y el Espíritu Santo, con la Santísima Trinidad, para transformar el mundo conforme al designio de Dios, que le da mucho, ¿eh? Estamos viviendo tiempos todos estos días tan tristes también, ¿no?, que atentan contra la fraternidad universal, por todos estos ataques, confrontaciones ideológicas, políticas, económicas, tanto en el país como en el mundo entero. Entonces nosotros, quienes nos consideramos discípulos, misioneros, amigos y testigos de Jesús, hemos de cooperar y colaborar para hacer presente el reino de Dios lo mejor posible en este mundo en que vivimos, y para ustedes es seminario, para formar el corazón a imagen de Jesús, el buen pastor que libre y voluntariamente da la vida por los demás.
Él lo dice, yo la doy libremente, nadie le obliga y la entrega. Entonces, ahí tenemos la referencia de Jesús, el buen pastor, que da su vida por la salvación de toda la humanidad. Bien, este buen pastor, que es Jesús, el Señor modelo, camino, verdad y vida.
El amor, la entrega de la propia vida por los demás es la perfección, y estamos invitados a la reconciliación, al perdón, o como hemos escuchado en el Evangelio, a no condenar, a perdonar, y a entregarnos de manera misericordiosa, volviendo también al Papa San Juan Pablo II, yo ya como soy viejo y soy obispo que me nombró él de su época, quiero decir, pues entonces, su magisterio ha tenido en mí mucha resonancia, porque es lógico, ¿no? Y su segunda encíclica, la primera la dedicó a Jesucristo, Redentor del Hombre, pero la segunda, vive sin misericordia, tendrán presente aquella reflexión que dice, no basta la justicia, miren que es importante la justicia, es una virtud moral, que con la fortaleza, la templanza, verdad, la justicia, la prudencia, pues son las virtudes morales humanas, no son las teológicas de fe, esperanza y caridad, que es importante, pero no basta la justicia, es necesaria la misericordia, el perdón, y esto lo tenemos que aplicar en nuestras relaciones y vínculos con los demás, así es que lo tenemos que aplicar, no basta la justicia, es necesario el perdón y la misericordia, para alcanzar la perfección y la plenitud. Bien, alguna otra cosita, yo estoy muy contento de estar, le agradezco al Obispo Ramón Duz, yo estoy ya por jubilarme, el próximo 5 de abril, Pacua de Resurrección, cumplo los 75, así que tengo que presentar ya mi dimisión, ¿no? Y uno, pues bueno, al ver aquí al pueblo de Dios, queridos laicos, que son mayoría en el pueblo de Dios, queridas consagradas y religiosas, con diversas carismas, ya que están contemplativas, de vida activa, ministros ordenados, diáconos, epa, voló por ahí el papelito, ya está queriendo decir el Señor que termine pronto, bueno, y queridos prefíteros y hermanos, aquí estamos, pueblo de Dios, reunidos, solamente quisiera decir esto, la santidad es la vocación a la cual estamos llamados, porque Dios es santo y porque Jesús, nuestro Maestro, lo es también, y tenemos que seguir sus huellas, así es. Por eso es muy necesario, queridos, este es mi consejo, que amen mucho a los santos y los conozcan, varones y mujeres, que es quienes han puesto en práctica la Palabra de Dios con la propia vida, y entonces en ellos se concretiza el vivir la Palabra de Dios, porque como decía Jesús, no todo el que dice Señor, Señor, sino el que cumple mi Palabra, el que la practica, el que la pone en práctica, eso es.
Bien, y a esto tenemos que aspirar, a este don y a esta gracia, que es el Espíritu Santo quien realmente realiza la santificación, tanto en la persona, en cada uno de nosotros, como en la Iglesia, como la doble dimensión personal y comunitaria. Así dice el cántico de los Efesios, que rezamos también en Vísperas, Dios nos creó desde toda la eternidad para que fuéramos santos e irreprochables en el amor. O sea, la vocación universal a la santidad, de todas las vocaciones, laicos, vida consagrada, vida ministerial, es común para todos.
Ahora el Papa León, ya después de haber hecho las catequesis sobre la constitución dogmática de la Divina Revelación, sobre la Sagrada Escritura, ya ha comenzado con la Lumen Gentium, y bueno, seguramente ya se está deteniendo en esa vocación universal de todo el Pueblo de Dios. Iglesia, sacramento universal de salvación, es decir, signo e instrumento para la comunión con Dios y de los hombres entre sí. El Concilio Vaticano es la expresión y la manifestación, por más que haya por ahí algunos grupos tradicionalistas, incluso dentro de la Iglesia, que no lo aceptan, entre los obispos, que aquel que no acepta el Concilio Vaticano II es que no cree en el Espíritu Santo, se lo digo yo a ustedes, no cree, porque el 4 de la Lumen Gentium lo explicita.
Este misterio de comunión y misión, que es la Iglesia del corazón del Padre, se realiza por Cristo, que es el Espíritu Santo y el fundador de la Iglesia, y ahora lo lleva y lo realiza el Espíritu Santo, quien guía, gobierna, en vez de la Iglesia, la enriquece con sus dones y carismas. Pues bien, solamente quisiera repetir de la Lumen Gentium el número 42, que yo también repito mucho en la somelía cuando hago las confirmaciones. Llevo más de 100.000 confirmados como obispo, que se dice pronto, pero sí, superan los 100.000, los llevo contabilizados por años y por comunidades.
Y suelo a veces repetir esto, además de estar llamados a ser discípulos, misioneros y testigos de Jesús, señalo la vocación a la santidad, porque reciben el Espíritu Santo quienes se confirman, adultos o jóvenes. Y en el número 42 se nos invita a que encaucemos nuestra vida con esos cinco medios ordinarios que el Espíritu Santo nos concede, personal y comunitariamente a la Iglesia, para perfeccionarnos en la santidad. Ustedes los conocen y yo los recuerdo en altavoz.
Primeramente la palabra de Dios, que hay que meditarla, leerla, sobre todo ponerla en práctica. El segundo medio es la vida sacramental, porque la gracia de los santos precede a la respuesta ética que podamos dar de nuestro comportamiento. Como el mismo catecismo, en sus partes está así dividido, ¿verdad? Lo que creemos, lo que celebramos, procede.
Y posteriormente viene la vida en Cristo, nuestra respuesta. Bueno, como el bautismo y la confirmación se reciben una sola vez, pues lo que hay que frecuentar es el sacramento de la reconciliación y de la Eucaristía. No confesarse cada muerte de obispo, como dicen, ¿verdad? Sino frecuentemente, y ahora en Cuarema es un tiempo apropiado.
Las penitenciales y los presbíteros tienen que estar disponibles siempre. Cuando alguien, no pongan excusas, cuando uno se quiera reconciliar, la disponibilidad total es una de nuestras tareas y misterios más importantes. Reconciliación y luego perseguir la Eucaristía.
Bien, el tercer medio es la oración, como cuestión de amistad. De esto saben mucho las hermanas contemplativas, que dedican su vida, buena parte, pues a la oración por la Iglesia, por el Señor y por ellas mismas. El cuarto medio, la apenegación de sí mismo.
De nuevo, lo que hablábamos antes de la cruz. Hay que renunciar, ¿eh? A las cosas en este mundo, para llevar una vida sobria, sencilla, humilde, como corresponde, ¿verdad? Y la quinta, la caricia. Las virtudes para amar y servir y ser solícitos con todos los hermanos, especialmente con los más pobres.
La opción preferencial por los pobres hay que revalidarla y hacerla presente. Así como el Papa Francisco y ahora actualmente León, bueno, vuelven de nuevo. Es algo constitutivo de nuestra fe cristiana la vida de los pobres.
Una Iglesia para los pobres, ¿eh? Aunque a veces pueden faltar recursos, hay que creer en la providencia. Nunca nos hace faltar nada. Y hay que estar con los enfermos, encarcelados, con los que tienen adiciones y todos aquellos que tienen una vida de descarte.
Ahí se tiene que manifestar ante todo y sobre todo en nuestro amor. Quiero terminar. Esta lucha me está dando un poco de fastidio.
Como veo a muchas hermanas religiosas, contemplativas y de la vida activa también, quiero terminar con algo que a mí en la vida me ha servido mucho, de una mujer, Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, mujer y doctora, después también Juan Pablo ha nombrado a Teresita de Jesús. Bueno, Santa Teresa. Esto nos viene muy bien a todos.
En las moradas cuartas dice, no está la cosa en pensar mucho, romperse la cabeza, sino en amar mucho. Y aquello que más les despierte amar, eso es lo que debemos hacer. No me espantaré mucho, continúa diciendo en su sabiduría, en qué consiste el amor.
Dice, para mí hay cuatro señales o sendas que ponen de manifiesto el amor. Y a esto es a lo que nos tenemos que dedicar ante todo y sobre todo. Si queremos alcanzar la santidad y la perfección.
Bueno, parece que se va la pila, ya la mía también se va. Pero voy a terminar. Decía, la primera senda del amor es agradar a Dios.
Procuren que todo lo que hagamos sea para agradar a Dios. Segundo, procurar no ofenderle en la medida que podamos, porque somos débiles y frágiles. Miren la primera lectura, como el pueblo pedía perdón, no hemos escuchado, no hemos hecho tu voluntad, Señor.
Tercero, primero agradar en todo a Dios. Segundo, procurar que podamos no ofenderlo. Tercero, que vaya siempre por delante la gloria y la honra de Jesucristo, que es el Señor.
No nosotros, ni nuestras ideologías, ni nuestras espiritualidades. Jesús, el Señor, es el que tiene la gloria, el poder y el honor, porque así Dios, que toda doble, se doble en el cielo y en la tierra y todo el mundo proclame, Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. Así que Jesús, siempre por delante.
Y la cuarta senda, que vaya en crecimiento la iglesia católica. Ella vivió también en una época de la reforma protestante y se proliferaban las iglesias y también las desobediencias, que ahora también las hay, incluso dentro de la propia iglesia, ¿no? Entonces, todo lo que hagamos para que la iglesia católica crezca, se fortalezca, viva, unida. Y así, sacramento universal de salvación, esas son las sendas del amor.
Agradar a Dios, recuerden, procurar no ofenderle, que vaya siempre por delante la gloria y la honra de Jesucristo y el crecimiento de la iglesia católica. Sacramento universal de salvación. Y como las reliquias de la primera santa argentina, Mamán Tula, está recorriendo, ha salido de corriente, ha estado en Chaco y ahora está en Formosa durante todo este mes y después va a ir a Saizpeña, está en la región.
Y es patrona de todos los misioneros y misioneras argentinos, ¿verdad? Ese lema tan lindo que ella, descalza, quería ir y anduvo allí donde Dios no esté presente. Pues bien, que el celo, ese anhelo de santidad de la primera santa, María Antonia, San José, Paz y Figueroa, eso, ¿verdad? Mamán Tula nos contagia a nosotros la santidad y el celo misionero evangelizador, si sea.
Colaboración: “La Voz del Santuario Nuestra Señora del Carmen” programa radial de la pastoral de la Comunicación de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen –Iglesia Catedral- de Formosa.
Colaboración: “La Voz del Santuario Nuestra Señora del Carmen” programa radial de la pastoral de la Comunicación de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen –Iglesia Catedral- de Formosa.