Llegamos al tercer domingo de Cuaresma, de este tiempo de oportunidad para encontrarnos con Jesús o reforzar nuestra relación con Él. Bien, el encuentro de Jesús con esta mujer, la samaritana, pone de manifiesto que el encuentro y el diálogo profundo con el Señor, nosotros ahora por medio de la oración, hace o fortalece ser discípulos, misioneros, amigos y testigos de Jesús. Jesús, como buen maestro y pedagogo, dialoga respetuosamente con esta mujer samaritana y en este diálogo respetuoso llega hasta el corazón, hasta lo más profundo del ser de esta mujer, la cual después reconoce que Jesús es el Señor, el Mesías, y a la vez se hace misionera porque va al pueblo a anunciar a sus vecinos y hermanos que se ha encontrado con el Mesías, con el Señor, quienes después ellos a su vez lo reconocen, no solamente por el testimonio de la mujer, sino porque Jesús permaneció durante dos días allí en Sicar, en esta población y seguramente que muchos samaritanos dialogaron y hablaron con Él.
Por medio de la oración hace o fortalece ser discípulos, misioneros, amigos y testigos de Jesús.
Mientras que las relaciones humanas actuales, a nivel local, a nivel global y universal, son de confrontación, de insultos incluso, nada de respeto hay, haciendo valer la fuerza que provoca la violencia o el poderío, la jactancia, bueno, y esto es lo que provoca también las guerras en las que nos vemos envueltos. Sin embargo, aquel que quiere ser verdaderamente discípulo, misionero de Jesús, tiene una paz interior en su corazón. ¿Por qué? Porque no bebe del agua de las cosas de este mundo, que son la fuerza, el poder, la ambición, sino que es el Espíritu de Dios.
Si conocieras el don de Dios, dice Jesús a la samaritana, tú misma le pedirías a Él el agua viva, que es Jesús mismo y es su Espíritu Santo, el Espíritu que brota hasta la vida eterna, el agua pura. Porque ser discípulos, misioneros de Jesús, es abrazar la paz, la verdad, la dignidad, y servir y entregarse al servicio de los demás.
Pues bien, hermanos, que estas reliquias de mamá Antula, así cariñosamente llamada, a Santa María de San José, que es María Antonia de San José, su nombre, de Paz y Figueroa, Primera Santa Argentina, y así también ha querido el Papa, Francisco, que sea la patrona de todos los misioneros y misioneras argentinos, nos visita, como bien nos explicaban en esa introducción, haciendo una reseña de su vida, y bueno, pues es una alegría, la verdad que está recorriendo toda la diócesis, ya ha estado en el oeste formoseño, en la parroquia de Ingeniero Juárez, Las Lomitas, Pozo del Tigre, incluso por la ruta 86 ha ido hasta Río Muerto, Posta Salazar, y tantos lugares, recorriendo Pirané, Montelindo, previamente en Estanislao del Campo, en Comandante Fontana.
Ayer, precisamente, estuvieron las reliquias en Laguna Blanca, donde un joven de esa localidad, Carlos Torres, recibió el rito de admisión a las órdenes sagradas, con muy buen recibimiento, previamente, estuvo también en la Eucaristía presente, y la Legión de María, rezó el Rosario previamente, a la Santa Misa, en fin, creo que su paso entre nosotros está suscitando, y así quiera Dios que lo sea, un llamado a la santidad de vida, y a la vez, un fervoroso celo por la misión.
Su lema era andar y llegar allí, hasta donde Dios no es conocido, para que sea conocido, amado y servido. Pues bien, hermanos, aprovechemos este tiempo que nos queda, de cuaresma, para intensificar la oración, el ayuno, la limosna, que es propio de este tiempo cuaresmal, para que se borren nuestros pecados, y así, de esta manera, podamos ser más y mejores discípulos, misioneros, testigos de Jesús, por la intercesión también, de esta primera Santa Argentina, que justamente en el día de ayer, se celebraba su fiesta litúrgica, que así sea.