"Gracias a una fe antigua serán, así, expertos en las cosas nuevas; no tanto persiguiendo los bienes que pasan, a menudo novedades que envejecen en una temporada, cuanto hallándose preparados de frente a desafíos sin precedentes, que sólo se afrontan con un corazón libre y con una inteligencia iluminada", aseveró el Pontífice en francés en su primer discurso.

León XIV es políglota y usará el francés para todos sus discursos.

El Pontífice citó San Pablo VI que en el 75º aniversario de la encíclica de su predecesor, León XIII, l Rerum novarum, reseñó que para caminar "se necesita la luz, para promover un progreso social se necesita una doctrina […]; es el pensamiento el que guía la vida".

Además, hizo referencia al tamaño del país —Mónaco es el segundo país más pequeño del mundo, después del Vaticano— y señaló que en la Biblia “los pequeños marcan la historia”.

“Las auténticas espiritualidades mantienen viva esta conciencia”, destacó. 

Del mismo modo, aseveró que es necesario confiar en la providencia de Dios, “aun cuando predomina el sentido de impotencia o de insuficiencia, porque nosotros creemos que el Reino de Dios es semejante a una semilla minúscula que se convierte en árbol”.

Antes de su alocución, el Santo Padre recorrió las calles de Mónaco en un vehículo blindado —donde le esperaban cientos de fieles con pequeñas banderas, tanto de Mónaco como de la Ciudad del Vaticano— hasta llegar al Palacio del Príncipe.

Allí fue acogido por el príncipe Alberto II, la princesa Charlène y sus dos hijos gemelos, mientras una orquesta interpretaba los himnos nacionales.

Por otro lado, también defendió que el modo de abordar los problemas típicos del Magisterio social de la Iglesia es útil incluso en sociedades poco religiosas.

“Incluso en una cultura poco religiosa, muy secularizada, el modo de abordar los problemas típicos del Magisterio social puede revelar a nuestro tiempo —un tiempo en el cual a muchas personas les resulta difícil esperar— la gran luz que viene del Evangelio”, señaló el Pontífice 

“La fe católica —ustedes son de los pocos países del mundo que la tienen como religión de Estado— nos sitúa ante la soberanía de Jesús, que compromete a los cristianos a ser en el mundo un reino de hermanos y hermanas, una presencia que no aplasta, sino que libera; que no separa, sino que une; dispuesta a proteger siempre con amor toda vida humana, en cualquier momento y condición, para que nadie sea excluido jamás de la mesa de la fraternidad”, dijo el Pontífice. 

La Constitución del Principado de Mónaco reconoce al catolicismo como religión de Estado, lo que permitió que el príncipe Alberto II rechazara una ley que pretendía legalizar el aborto en el principado, después de que el Consejo Nacional aprobara una reforma para promulgar esta norma el pasado mes de mayo.

Alberto II protagonizó un choque institucional e hizo valer sus prerrogativas constitucionales, subrayando que su profunda fe católica y el reconocimiento oficial de la religión en el principado le impedían rubricar una norma que por primera vez despenalizaba el aborto en algunos supuestos.

El Santo Padre también se refirió así a una de las características del Principado de Mónaco: sus ventajas impositivas.

De hecho, este pequeño país en el corazón de Europa está entre los países con mayor Producto Interno Bruto (PIB) por habitante y una de sus notas más destacadas es que los residentes monegascos no pagan impuestos sobre la renta.

En este sentido, el Pontífice señaló que entre los habitantes del Principado de Mónaco “no pocos ocupan cargos de considerable influencia en el ámbito económico y financiero” y llamó a una redistribución justa de la riqueza.

“Cada talento, cada oportunidad, cada bien depositado en nuestras manos tiene un destino universal, una exigencia intrínseca de no ser retenido”, en el pequeño Estado—uno de los países más ricos del mundo.

“Como Jesús sugiere en la parábola de los talentos, cuánto nos ha sido confiado no debe enterrarse, sino que debe ponerse en circulación y multiplicarse en el horizonte del Reino de Dios”, insistió desde el balcón del Palacio del Príncipe, residencia de la familia del príncipe Alberto II.

El Papa –flanqueado por Alberto II de Mónaco y la princesa Charlène, vestida de blanco y con mantilla– dejó claro que dicho horizonte “es más amplio que el horizonte privado y no se refiere a un mundo utópico”.

“El Reino de Dios, al que Jesús ha consagrado su vida, está cerca, porque está en medio de nosotros y sacude las configuraciones injustas del poder, las estructuras de pecado que excavan abismos entre pobres y ricos, entre privilegiados y descartados, entre amigos y enemigos”, aseveró.

Así, León XIV constató que el Principado “posee en su independencia una vocación al encuentro y al cuidado de la amistad social, hoy amenazados por un ambiente generalizado de cerrazón y autosuficiencia”.

“El don de la pequeñez y una herencia espiritual viva comprometen su riqueza al servicio del derecho y de la justicia, especialmente en un momento histórico en el que la ostentación de la fuerza y la lógica de la prevaricación perjudican al mundo y amenazan la paz”, aseveró finalmente el Papa.