El tercer discurso del papa León XIV en el Principado de Mónaco durante su Viaje Apostólico fue un encuentro con jóvenes y catecúmenos frente a la iglesia dedicada a Santa Devota. La santa, patrona de Mónaco, joven mártir del año 303 d. C. tras su martirio, fue fuente de inspiración para las palabras del pontífice: "Quisieron aniquilarla, borrar toda su memoria, pero su sacrificio llevó aún más lejos el mensaje de amor y paz del Evangelio".
El sucesor de Pedro subrayó que esto permite reflexionar sobre "cuán fuerte es el bien sobre el mal, incluso cuando, a primera vista, parece haber prevalecido". Luego citó a otro joven santo, Carlos Acutis, cuya figura se venera en la misma iglesia desde hace algunos años: "Otro joven apasionado por Jesús, fiel a su amistad con Cristo hasta el final, aunque en tiempos y de maneras completamente diferentes".
"Queridos jóvenes, estos dos santos nos animan y nos impulsan a imitarlos. En realidad, incluso hoy, como se ha dicho, la fe enfrenta desafíos y obstáculos, pero nada puede oscurecer su belleza y verdad", afirmó.
Lo que da solidez a la vida es el amor de Dios
Luego, el Papa comentó los testimonios de los jóvenes y respondió sus preguntas. En ese marco, citó a un joven que desea saber cómo mantener la "vitalidad de la relación con Cristo y, en ella, el sentido de unidad que se crea en nosotros mismos y con los demás". Tras recordar las palabras del cardenal Martini -"La raíz de la unidad de vida está en el corazón, [?] es algo del corazón, es un don de Dios, que se pide con humildad"-, León XIV reflexionó: aunque vivimos "en un mundo que parece estar siempre apurado, sediento de novedades, cultivando una fluidez sin ataduras, marcada por una necesidad casi compulsiva de cambios continuos. (...) lo que da solidez a la vida es el amor: ante todo, la experiencia fundamental del amor de Dios y, luego, por extensión, esa experiencia iluminadora y sagrada del amor recíproco".
"Si, por un lado, amarse a uno mismo requiere apertura para crecer y, por lo tanto, para cambiar, por otro lado, exige fidelidad, constancia y disponibilidad para el sacrificio en la vida diaria", planteó.
Con amor, continuó el Papa a los jóvenes, la inquietud encuentra paz y el vacío interior se llena no con cosas materiales y efímeras, artificiales y a veces incluso violentas. "Es necesario despejar la puerta del corazón de estas cosas, para que el aire sano y oxigenante de la gracia pueda refrescar y revitalizar sus espacios, y para que el fuerte viento del Espíritu Santo pueda nuevamente llenar las velas de nuestra existencia, impulsándola hacia la verdadera felicidad".
¿Cómo lograr todo esto? "Esto requiere oración, momentos de silencio y escucha, para aquietar la agitación del hacer y del decir, (...) y para profundizar y saborear la belleza de estar verdadera y concretamente juntos", consideró el pontífice.
Al responder a otra pregunta de un joven, indicó que todo lo que es válido para la vida espiritual y la oración se aplica a la práctica de la caridad, y animó a "ser testigos de esperanza" para aquellos que, marcados por el sufrimiento, corren el riesgo de perder la luz y el consuelo de la fe. Las palabras y los gestos de testimonio y esperanza no son improvisados ??ni surgen de uno mismo: nacen de una profunda relación con Dios, en quien se encuentran, ante todo, las respuestas fundamentales a la vida. Por eso, instó a hacer de esta relación de amor un don común y compartido, para tener la certeza de que, en el momento oportuno, surgirán las palabras adecuadas y la fuerza necesaria para actuar.
Al concluir el encuentro, el Santo Padre también recomendó a los jóvenes: "No teman entregarlo todo a Dios y a sus hermanos y hermanas: su tiempo, sus energías; entregarse totalmente al Señor y a los demás. Solo así encontrarán un gusto siempre renovado y un sentido cada vez más profundo para la vida". Dirigiéndose a los jóvenes catecúmenos, concluyó: "Ustedes son el rostro joven de esta Iglesia y de este Estado. Mónaco es un país pequeño, pero puede ser un gran laboratorio de solidaridad".