Con palabras de gratitud, esperanza y responsabilidad compartida, el Papa León XIV recibió esta mañana a los representantes de las instituciones civiles y eclesiásticas que colaboraron en la organización y desarrollo del Jubileo de la Esperanza, concluido apenas cuatro días atrás. El encuentro tuvo lugar en un clima de cercanía y reconocimiento por el intenso trabajo realizado durante todo el Año Jubilar.
Gracias a este esfuerzo conjunto —señaló el Pontífice— más de treinta millones de peregrinos pudieron vivir el camino jubilar en un ambiente de fiesta, recogimiento, orden y organización. Roma, afirmó, supo mostrarse como una casa acogedora, una comunidad abierta y respetuosa, capaz de ayudar a cada peregrino a vivir con fruto este gran acontecimiento de fe.
El Santo Padre recordó el profundo valor espiritual del Jubileo: la visita a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, el paso por la Puerta Santa y la experiencia del perdón y la misericordia de Dios. Estos momentos —dijo— permitieron a muchas personas experimentar que “la esperanza no defrauda” (Rm 5,5), porque Cristo vive y camina con nosotros en cada etapa de la vida. Citando a san Agustín, subrayó que la esperanza es indispensable para el peregrino, pues sin ella se pierde la fuerza para continuar el camino.
Una atención especial fue dedicada a los jóvenes y adolescentes que llegaron a Roma desde todo el mundo. El Papa expresó su alegría al constatar su entusiasmo, su capacidad de oración y su deseo de fraternidad y paz. Al mismo tiempo, invitó a todos los responsables —instituciones, Iglesia y sociedad— a preguntarse qué necesitan realmente los jóvenes para crecer y dar lo mejor de sí. Recordó como modelos luminosos a san Carlo Acutis y san Piergiorgio Frassati, canonizados el pasado mes de septiembre, y animó a mirar a las nuevas generaciones con responsabilidad y prudencia.
En la parte final del discurso, León XIV retomó las palabras del Papa Francisco en la bula de convocación del Año Santo, exhortando a dejarse atraer por la esperanza y a hacerla contagiosa para el mundo. Ese —afirmó— es el mandato que queda como herencia del Jubileo, para que los muchos frutos sembrados en estos meses puedan crecer y dar vida.
Como gesto de agradecimiento, el Santo Padre entregó a cada participante un Cruz del Jubileo, una miniatura del crucifijo con Cristo glorioso que acompañó a los peregrinos durante el Año Santo, deseándoles finalmente un nuevo año lleno de bendiciones y bien.