Queridos hermanos en el episcopado, sacerdotes, consagrados, consagradas, catequistas, hermanos y hermanas:

Es para mí una gran alegría encontrarme con ustedes. Gracias por su hospitalidad. Ante todo, expreso mi gratitud a todos aquellos que han servido y sirven al Evangelio en Angola. Gracias por la labor de evangelización realizada en este país, por la esperanza de Cristo sembrada en el corazón del pueblo, por la caridad hacia los más pobres. Gracias porque siguen contribuyendo constantemente al progreso de esta nación sobre los cimientos sólidos de la reconciliación y la paz. Dirijo un saludo especial a mis hermanos obispos, que presiden el anuncio de la fe y el servicio de la caridad. Gracias, Mons. José Manuel, Arzobispo de Saurimo, por las palabras que me ha dirigido en nombre de la Conferencia Episcopal.

Si bien me corresponde a mí, en nombre de la Iglesia universal, reconocer en este momento la vitalidad cristiana que palpita en sus comunidades, es al Señor a quien le corresponde darles la recompensa.
¡Él jamás olvida sus promesas! También a ustedes, un día, les dirigió estas palabras que, con fe, han acogido y han hecho fructificar: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno […], en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna» (Mc 10,29-30).

Queridos hermanos, el Señor conoce la generosidad con la que han abrazado su vocación y no le es indiferente todo lo que, por amor a Él, hacen para alimentar a su pueblo con la verdad del Evangelio. Por eso, ¡vale la pena abrirle nuestro corazón por completo a Cristo! Quizá podría surgir la tentación de pensar que Él venga a quitarles algo, la tentación de dudar en dejarle tomar las riendas de su vida. En esas situaciones, recuerden que «Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida» (BENEDICTO XVI, Homilía en el inicio del ministerio petrino, 24 abril 2005). Deseo dirigir estas palabras, en especial, a los numerosos jóvenes de sus seminarios y de sus casas de formación. ¡No tengan miedo de decir “sí” a Cristo, de moldear íntegramente su vida según la suya! No tengan miedo del mañana: ustedes pertenecen totalmente al Señor. Vale la pena seguirlo en la obediencia, en la pobreza, en la castidad. ¡Él no les quita nada! Lo único que nos quita y toma sobre sí es el pecado. Sí, de Él han recibido todo: esta tierra y la familia en la que nacieron; el Bautismo, que los ha incorporado a la gran familia de la Iglesia; y su vocación. «¡A él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos! Amén» (Ap 1,6).

Queridos hermanos y hermanas, el Señor les concede la alegría de ser sus discípulos misioneros, la fuerza para vencer las asechanzas del maligno, la esperanza en la vida eterna. Todo esto es de ustedes, todo esto es un don. Un don que los ennoblece y hace grandes, que los compromete y los vuelve responsables. Y el don más grande es el Espíritu Santo que, derramado en sus corazones en el Bautismo, con miras a la misión, los ha conformado de manera especial a Cristo, quien los ha enviado para que, a partir del Evangelio, edifiquen una sociedad angoleña libre, reconciliada, hermosa y grande. ¡Cuán importante es, en esta misión, el ministerio de los catequistas! Precisamente en África esta es una expresión fundamental de la vida de la Iglesia, que puede ser fuente de inspiración para las comunidades católicas de todo el mundo.

San Pablo enseña: «Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo» (1 Co 3,22-23). A cincuenta años de la independencia de su país, estas palabras del Apóstol nos dicen que el presente y el futuro de Angola les pertenecen, pero que ustedes pertenecen a Cristo. Todos los angoleños, sin excepción, tienen el derecho de construir este país y de beneficiarse de él de manera equitativa; sin embargo, los discípulos del Señor tienen el deber de hacerlo según la ley de la caridad. En la base de su actuar está el ser discípulos de Jesús. A todos ustedes les corresponde ser imagen suya y, en esta tarea, nadie puede sustituirlos. ¡En esto se encuentra su singularidad! Ustedes son la sal y la luz de esta tierra porque son miembros del Cuerpo de Cristo y, por eso, sus gestos, sus palabras y sus acciones, al reflejar la caridad del Señor, construyen las comunidades desde dentro y edifican para la eternidad.

Lo que se pide a los discípulos de Cristo es que permanezcan estrechamente unidos a Él (cf. Jn 15,1-8). El resto vendrá por sí solo. Sé que se encuentran en medio de un trienio pastoral cuyo lema es “Discípulos fieles, discípulos alegres (cf. Hch 11,23-26)”, dedicado a la oración y a la reflexión sobre el ministerio ordenado y la vida consagrada. ¿Qué caminos abre el Señor a la Iglesia en Angola? Seguramente serán muchos. ¡Traten de seguirlos todos! Pero el primer camino es el de la fidelidad a Cristo. Con ese fin, sigan valorando la formación permanente, velen por la coherencia de la vida y, sobre todo en estos tiempos, perseveren en el anuncio de la Buena Nueva de la paz.

En la escuela de Cristo, que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), siempre hay mucho que aprender. Recuerden el diálogo de Jesús con Felipe, cuando este le preguntó: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta». Es sorprendente la respuesta del Maestro: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre» (Jn 14,8-9). Esto nos recuerda la dimensión contemplativa de la formación permanente. Conocer a Cristo pasa, sin duda, por una buena formación inicial, con el acompañamiento personal de los formadores; pasa por la adhesión a los programas de sus diócesis, congregaciones e institutos; pasa por un estudio personal serio, para iluminar a los fieles que les han sido confiados, salvándolos sobre todo de la ilusión peligrosa de la superstición. Sin embargo, la formación es mucho más amplia: comprende la unidad de la vida interior, el cuidado de nosotros mismos y del don de Dios que hemos recibido (cf. 2 Tm 1,6), recurriendo a la literatura, la música, el deporte, las artes en general y, sobre todo, a la oración de adoración y contemplación. Especialmente en los momentos de desánimo y de prueba, «¡qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva!» (FRANCISCO, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 264). Sin esta dimensión contemplativa, dejamos de ser coherentes con el Evangelio y de reflejar el poder de la Resurrección.

«El hombre contemporáneo —decía san Pablo VI— escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan […], o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio» (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 41; cf. Audiencia general, 2 octubre 1974). La fidelidad de Cristo, que nos amó hasta el extremo, es el verdadero motor de nuestra fidelidad. Una fidelidad que se hace accesible gracias a la unidad de los presbíteros con su obispo y con sus hermanos del presbiterio, y de los consagrados y consagradas con su propio superior y entre ellos mismos. Queridos hermanos y hermanas, alimenten la fraternidad entre ustedes con franqueza y transparencia, no cedan a la prepotencia ni a la autorreferencialidad, no se alejen del pueblo, especialmente de los pobres, huyan de la búsqueda de privilegios. Para su fidelidad y, por tanto, para su misión, la familia sacerdotal o religiosa es indispensable, pero también lo es la familia en la que nacimos y crecimos. La Iglesia tiene en gran estima la institución familiar, enseñando que el hogar es el lugar de santificación de todos sus miembros. Para muchos de ustedes, sin duda, la cuna de la vocación ha sido precisamente la familia, que ha apreciado y cuidado el surgimiento de esa llamada especial recibida. A sus familiares, por tanto, les dirijo mi sincero agradecimiento por haber cuidado, sostenido y protegido su vocación. Al mismo tiempo, los exhorto a que siempre los ayuden a permanecer fieles al Evangelio, a no buscar ventajas personales en su servicio eclesial.

Que los apoyen con su oración y les infundan entusiasmo con los buenos consejos de un padre y una madre, para que sean santos y nunca olviden que, a imagen de Jesús, son servidores de todos.

Por último, su fidelidad, aquí en Angola, como debe ser en todo el mundo, está hoy particularmente ligada al anuncio de la paz. En el pasado han demostrado valentía al denunciar el flagelo de la guerra, al apoyar a las poblaciones atormentadas permaneciendo a su lado, al construir y reconstruir, y al señalar caminos y soluciones para poner fin al conflicto armado. Su aportación es reconocida y apreciada por todos.

¡Pero este compromiso no ha terminado! Promuevan, pues, una memoria reconciliada, educando a todos en la concordia y valorando, en medio de ustedes, el testimonio sereno de aquellos hermanos y hermanas que, después de haber atravesado dolorosas tribulaciones, lo han perdonado todo. ¡Alégrense con ellos, celebren la paz!

Además, no olviden que, según las palabras de san Pablo VI, «el desarrollo es el nuevo nombre de la paz» (Carta enc. Popolorum progressio, 87). Por eso es fundamental que, al interpretar la realidad con sabiduría, no dejen de denunciar las injusticias, ofreciendo propuestas inspiradas en la caridad cristiana. Sigan siendo una Iglesia generosa, que coopera en el desarrollo integral de su país. Por eso ha sido y sigue siendo determinante todo lo que realizan en los ámbitos de la educación y la salud. En este sentido, cuando surjan las dificultades, recuerden el heroico testimonio de fe de los angoleños y las angoleñas, misioneros y misioneras nacidos aquí o venidos del extranjero, que tuvieron el valor de dar la vida por este pueblo y por el Evangelio, prefiriendo la muerte que la traición a la justicia, la verdad, la misericordia, la caridad y la paz de Cristo. También ustedes, queridos hermanos, a partir de cada Eucaristía, son cuerpo ofrecido y sangre derramada por la vida y la salvación de sus hermanos. A su lado está siempre la Virgen María, Mama Muxima. ¡Que Dios bendiga y haga fructificar su dedicación y su misión!