“El Padre responde a la desesperación del ateísmo con el don del Hijo Salvador; el Espíritu Santo nos rescata de la soledad agnóstica ofreciéndonos una comunión eterna de vida y de gracia; frente a nuestra fe débil, se encuentra el anuncio de la resurrección futura”, aseguró durante el ángelus de este domingo.

“El Redentor transfigura así las llagas de la historia, iluminando nuestra mente y nuestro corazón. ¡Su revelación es una sorpresa de salvación!”, exclamó el Papa ante cientos de personas que se reunieron en la Plaza de San Pedro del Vaticano para escucharle.

De este modo, invitó a los fieles a preguntarse si el verdadero rostro de Dios, "encuentra en nosotros una mirada de admiración y de amor”.

Asimismo, explicó que la Transfiguración “anticipa la luz de la Pascua”, acontecimiento de muerte y resurrección, de tinieblas y de luz nueva que Cristo irradia “sobre todos los cuerpos flagelados por la violencia, sobre los cuerpos crucificados por el dolor, sobre los cuerpos abandonados en la miseria”.

En un mundo donde “el mal reduce nuestra carne a una mercancía o a una masa anónima”, León XIV recordó que “precisamente esta misma carne resplandece con la gloria de Dios”.

En su reflexión, centrada en el pasaje de la Transfiguración del Señor, el Pontífice definió este episodio evangélico como un “icono lleno de luz” que revela el verdadero rostro de Cristo y anticipa el misterio pascual.

Como en el bautismo en el Jordán, explicó, “también hoy escuchamos la voz del Padre en el monte, que proclama: ‘Este es mi Hijo muy querido’, mientras el Espíritu Santo cubre a Jesús con una ‘nube luminosa’”.

Asomado a la ventana de su estudio privado en el Palacio Apostólico, León XIV subrayó que esta expresión describe “el estilo de la revelación de Dios”, que no se impone con los rasgos del espectáculo.

Frente a Cristo, “cuyo rostro brilla ‘como el sol’ y cuyas vestiduras se vuelven ‘blancas como la luz’”, los discípulos —Pedro, Santiago y Juan— contemplan “el esplendor humano de Dios”, una “gloria humilde” que no se exhibe ante las multitudes.

En su reflexión, León XIV destacó que el evangelista presenta a Jesús entre Moisés y Elías, es decir, entre la Ley y la Profecía. “El Verbo hecho hombre se encuentra entre la Ley y la Profecía; él es la Sabiduría viviente, que lleva a cumplimiento cada palabra divina”, afirmó.

Así, “todo lo que Dios ha mandado e inspirado a los hombres encuentra en Jesús su manifestación plena y definitiva”.

Finalmente, León XIV subrayó que para comprender plenamente el misterio contemplado por los discípulos “se necesita tiempo”.

“Tiempo de silencio para escuchar la Palabra, tiempo de conversión para gustar de la compañía del Señor”, indicó, en alusión al camino cuaresmal.

Antes de concluir, encomendó a los fieles a la Virgen María, “Maestra de oración y Estrella de la mañana”, para que “custodie nuestros pasos en la fe”.