Cristo corona su victoria elevándose por entre las nubes cuarenta días después de haber resucitado. Deja, pues, este mundo para volver al Padre.
Dicho acontecimiento –hay que recordarlo siempre– no debe ser entendido como que el Señor deja abandonados a aquellos que lo han seguido. Todo lo contrario. Jesús vuelve al Padre, sí, pero ha de enviar muy pronto al Espíritu Santo, el Paráclito, para que interceda por los hombres y fortalezca a todos los llamados a proclamar el Evangelio.