«Vivimos en un mundo en el que falta la belleza. Hay muchos problemas: guerras, conflictos, odio, violencia, falta de trabajo y muchas otras cosas. Tener la oportunidad de reunirnos en una ocasión como esta es realmente un gran regalo, porque nos hace recordar que hay algo más allá de todo esto. Y que el hombre y la mujer, cuando queremos, todos juntos, podemos mostrar la belleza que, de corazón a corazón, nos ayuda a ver y a levantar la mirada hacia el cielo». Con estas palabras, el Papa León XIV se despidió esta tarde de los presentes al término del concierto celebrado en el patio del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, organizado por la Diócesis de Albano como muestra de cercanía y afecto hacia el Pontífice durante su estancia veraniega en esta localidad del Lacio.

«Alzar los ojos hacia el cielo»

«Sabéis que, hace un par de meses, realicé un viaje a España, donde el motivo del viaje era precisamente alzar los ojos, la mirada hacia el cielo. La música, el arte y la belleza son un instrumento que nos ayuda a contemplar, en un movimiento hacia Dios, lo que es verdaderamente una de las mejores facetas del ser humano», prosiguió el Sumo Pontífice, reflexionando así sobre el valor de la música y el arte como instrumentos capaces de elevar la mirada del hombre más allá de las dificultades del presente, señalando en la belleza una experiencia que conduce a Dios y devuelve la esperanza. Y eso es precisamente lo que ocurrió durante el concierto, en el que el violinista Marco Rogliano interpretó la Polacca con variaciones del Tercer Concierto para violín de Niccolò Paganini y la pianista Rossana Tomassi Golkar ejecutó la Libera fantasia y variaciones sobre la Norma de Vincenzo Bellini, compuesta por Luis Bacalov, acompañada por la orquesta I Musici di Parma dirigida por el maestro Pier Carlo Orizio.

Precisamente a ellos, a los músicos, fue dirigido el primer agradecimiento de León XIV: «Muchísimas gracias a los artistas, que me han conmovido. A la Diócesis de Albano, que nos ha ofrecido este concierto a nosotros y a todos los aquí presentes, porque realmente hemos podido experimentar en estos minutos de belleza algo grandioso, que es precisamente adentrarnos, en muchos sentidos, en lo que Dios ha querido en la creación, que es precisamente la belleza», afirmó el Pontífice.

Las palabras del obispo de Albano

El obispo de Albano, monseñor Vincenzo Viva, fue quien inauguró la velada. En su discurso de bienvenida, dio las gracias a León XIV recordando la gratitud de la Iglesia local por el regreso del Pontífice a Castel Gandolfo y explicando que el concierto pretendía ser «nuestra forma de dar las gracias y compartir juntos un don, el de la música sinfónica». Haciendo referencia a la ópera Norma de Bellini, el prelado dirigió a continuación sus pensamientos «a las mujeres y a las madres, que en los numerosos escenarios de guerra que desgarran el mundo pagan, junto con sus hijos y sus familias, el precio más duro de los conflictos», señalando que es precisamente en ellas donde se refleja la esperanza de «un mañana reconciliado», en la estela del llamamiento a la paz que León XIV ha relanzado desde el inicio de su pontificado.

El programa del concierto entabló un diálogo entre dos figuras destacadas de la música italiana del siglo XIX: Niccolò Paganini y Vincenzo Bellini. Dos obras unidas por el hilo conductor de la cantabilidad, en un recorrido musical que entrelaza el virtuosismo instrumental con el lenguaje del melodrama. La reinterpretación de Norma, en particular, ha vuelto a proponer, a través del piano solista y la orquesta, el recorrido de la protagonista desde el dolor hasta el perdón y el sacrificio, hasta transformar una historia personal en una reflexión universal sobre la fuerza del amor y la paz, sobre la capacidad —como bien ilustra el libreto— de resonar incluso «en el aire azotado por los vientos de la guerra». Un deseo que, desde el cielo de Castel Gandolfo, aspira a convertirse en universal. Y no es casualidad que el concierto concluyera precisamente con un cielo estrellado proyectado en la pantalla que servía de marco a la orquesta. Al término del concierto, el Santo Padre saludó a los artistas y a los presentes, deteniéndose para el tradicional beso de mano antes de abandonar el patio del Palacio Apostólico.